27 ago. 2017

Diarios II: No importa que no me lean






 Encuentro fortuito con la escritura, la enfermedad y Pilar Adón 

No importa que no pueda hacerlo, tengo que escribir. No importa que no sepa hacerlo como se debiese hacer, tengo que escribir. No importa que ahora mismo no halle forma de hilar una palabra tras otra, que tenga desmadejado todo mi universo de ideas. No importa, sobre todo, que no me lean; que no me lean hoy, que no me lean mañana, que no sepan nunca de mí sobre este papel y a través de esta pantalla. No importa en absoluto. Tengo que escribir, hoy, mañana, siempre. Y tengo que hacerlo sobre un papel, un teclado o en la misma tierra húmeda que puebla el bosque de mi mente.


Llevo mucho tiempo enferma ya. Dos, tres meses, quizá. He estado enferma física y mentalmente, pero esta vez el dolor del cuerpo se ha llevado todas mis atenciones y fuerzas. Porque estar enferma del cuerpo —seriamente— es como volverse una niña vieja otra vez. Una niña solitaria, gimoteante, huidiza. Una vieja gruñona, silenciosa, presa de los temblores del pensamiento. He estado tan enferma, tan segura del nombre, tan consciente de la enfermedad estirando sus ramas entre mis costillas, crujiendo sus brotes en mis venas… Casi podía verme la piel lívida, tornando sus clavillos azules, su maleza cayendo marchita al aire de la noche.

Os escribo desde la habitación de un hospital, que por fuera es de ladrillos y por dentro es del verde agua que ahoga a los más enfermos y enferma a los más vivos. Pese a todo, desde los grandes ventanales, a la derecha, puede verse el dulce y sereno baile de los árboles mecidos por el viento, y un mar de olas de diferentes tonalidades de gris al fondo. El tiempo acompaña a los recuerdos. Hace frío y me estiro hacia mi sudadera nueva. Lleva flores rosas. Me resulta todo muy reconfortante, incluso la enfermedad me parece de lo más acogedora. Se han ido todos a casa y yo me he quedado aquí con un gesto de agonía en la boca y la muerte -qué palabra más manida y más vulgar- en las manos.

“No tiene fiebre”. 
La enfermera cierra la puerta. Bien. Este curso pasado agoté mis días en las calles de piedra; sobre los adoquines corrí bajo la lluvia hasta encontrar refugio en una de las conferencias de la feria del libro, hablaba Pilar Adón. Me senté empapada en la parte más alejada, aunque la sala estaba casi vacía. Y la escuché hablar sobre los retorcidos mundos rurales, sobre el campo, sobre las relaciones más violentas y fraternales, sobre escribir. Yo apuntaba todas las palabras bellas que salían de su boca y llegaban hasta la mía, casi como en un eco: Ephemeroptera. Me emocioné en seguida, me temblaban las manos. Las gotas de lluvia que se deslizaban por mi frente hasta mis mejillas se me antojaron la caricia más delicada. Me vuelvo a emocionar. Hay que ver lo susceptible que soy en cualquier momento y lugar a las palabras bien dichas. La gente de pronto aplaudió. Quería ver si Pilar Adón, así todo junto, pues al romper lo ajeno perdería todo su sentido, si Pilar Adón era real, si tenía manos y esas manos realmente habían escrito lo que yo había leído. Quería escuchar lo que alguien cuyas manos habían escrito lo que yo había leído era capaz de decir. Qué vergüenza. Las pocas pero interesadas y cultivadas y bien dispuestas personas allí presentes se atolondraron de camino al puesto de Pilar, que se levantaba en disposición a ellos. Yo me sentí tan extraña al mundo de aquellas criaturas que cogí mi paragüas, salí de la sala y me quedé mirando hacia el interior hasta que el guardia resopló quitándole polvo al reloj de arena que tenía aquella oportunidad. Volví a mirar por entre las ventanas. Veía a Pilar. Me dí la vuelta, resoplé, sacudí el paraguas, lo guardé y volví a entrar. Me acerqué tambaleante hacia el principio. Incluso tuve que esperar a que algunas personas alegres de interrumpir dejaran de hacerlo. 
“Qué es lo que piensa de mí”, podría haberle dicho, porque me conocía como quien conoce al reflejo de una persona idéntica a ti en ambiciones. “Qué es lo que le diría a una persona joven, que no puede dejar de escribir, que no empieza a hacerlo, porque lo hace siempre, ya sabe, uno no deja de comer ni de respirar ni de hacer pis. Qué es lo que le diría una persona que no tiene ni idea de que hay un mundo después de lo escrito, que no sabe cómo es eso de los libros impresos -mis manos cogieron un libro y mis dedos tamborilearon sobre las tapas- y no sabe por qué puerta se entra ni a quién preguntar. No me gustan los mundos en los que hay que sonreír a diestro y siniestro puesto que nunca se sabe quién es el que tiene la llave para abrirte el mar o el cielo ¡o una editorial! Podría decirme lo que le diría, lo que piensa usted de la joven que podría ser usted si usted fuera yo. Soy una exagerada”, intenté decirle, entre tropiezo y tropiezo. Ella sonrió como quien sonríe a un párrafo asfixiante y absurdo. “Verá, es que yo no soy de esas personas que son libres de acomodarse delante de una cámara o de un ordenador. Y dar su arte de esa forma tan, tan, tan… Es todo muy moderno.” 

Las enfermeras han empezado a recorrer el pasillo, carrito en mano. Es hora de la merienda. El sol entra un poco tímido por el ventanal. Huele a lluvia, pero no estoy tan empapada como lo estaba cuando Pilar Adón me contestaba que siguiera escribiendo, que le diera tiempo y vida a las palabras que tenía que decir, que no dejara de leer, que fuera hablando como hablaba a quien fuera que me encontrase. Porque las palabras son lo nuestro, no tanto las sonrisas. Me gustaría hacerle caso. Impedimenta tiene unos libros maravillosos, suaves, bonitos, no muy grandes. Es una editorial agradabilísima, quizá demasiado cara para mi bolsillo. Pero admiro su trabajo, y admiro a su editora, Pilar Adón.
No fueron grandes palabras de una gran escritora y editora, pero sí resultaron las justas y necesarias, y qué más se puede pedir. He desfallecido durante dos meses cada vez que tenía que enfrentarme a la tarea de escribir para este blog. Por un momento pensé que este lugar ya estaba muerto, que no funcionaba, que no hay nada que poder deciros o que vosotros podáis leer. Que quizás haya recuerdos, pero aún no hay palabras. Que es posible que haya planes de futuro, pero, de nuevo, aún no hay palabras. Sin embargo, un día, tan enferma como el anterior y tan enferma como el siguiente, en un hospital en absoluto conmovedor, pueden venir las palabras. Y estas son para vosotros. De manera que, aunque ya nunca más me leáis, aunque esto ya nunca más pueda funcionar, aunque apenas nunca encuentre las palabras, seguiré escribiendo. 

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