18 jun. 2017

V: Vocación y Rosa Chacel (Fragmento)

Rosa Chacel.

Antes de entrar en la materia literaria, me gustaría dejar constancia de mi participación en el proyecto Adopta una autora si queréis saber más, clic aquí con la adopción de dos maravillosas pero, en mi opinión, desconocidísimas autoras españolas: Clara Janés de la que ya he hablado aquí y Rosa Chacel. Ésta última quizá sea la que más rabia me dé puesto que, aun considerándola dentro del canon y admitiendo su indudable influencia en la literatura de autores posteriores como la propia Clara Janés, su mérito como autora ha sido más bien relativizado e invisibilizado debido en gran parte a su condición de mujer. 

En vida, el reconocimiento que merecía le llegó casi a la tercera edad; incluso entonces y a la vista de sus inestimables aportaciones se le negó una y otra vez la posibilidad de tomar su justo asiento en la Real Academia Española; os dejo a vosotros cavilar el por qué. Ni siquiera se la incluye en las generaciones de escritores a las que pertenece y que se estudian en los colegios; aunque, si bien es una escritora fuera de cualquier clasificación, no hay duda de que su literatura influyó sobremanera en la literatura española del siglo XX y posterior. 

Tengo la esperanza de que algún día Rosa Chacel recobrará el crédito que se ganó en su momento y ocupará el lugar que le corresponde dentro de nuestra literatura así como la del resto del mundo. En el proceso, yo os animo a que le hagáis un hueco en vuestras estanterías y leáis escuchéis, toquéis, saboreéis, oláis todo lo que sus letras os ofrecen, de esa manera tan apabullante y fiera que tiene Chacel de jugar con la realidad, con su mundo y con tus propios sentidos. Y qué mejor forma de hacerlo que enfrentarse a ella directamente a través de uno de los fragmentos que más me ha llamado la atención de su novela Barrio de Maravillas, en el cual ella misma se alza sobre la historia y los personajes para reflexionar a través de la voz de uno de ellos Elena, trasunto de la autora sobre uno de los conceptos que más la han fascinado a lo largo de su periplo artístico: la vocación y, en particular, la vocación artística. 

El texto a continuación es algo extenso para el formato de entradas al que estamos acostumbrados, no obstante espero que esto no determine vuestro ánimo a la hora de concederos una maravillosa muestra de nuestra mejor literatura. Se lo merece, y nosotros también. 



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«¡Tener que elegir! Parece tonto tener que elegir cuando le gustan a uno dos cosas, que no sé, nadie puede saber si son dos cosas o si es la misma, o si son dos que salen de una tercera o ¡quién puede saber!... Pero sin embargo, habrá que elegir porque... no sólo porque las fuerzas y el tiempo no den para abarcar las dos hay tanta crítica, tanta caricatura, «Pintor entre los médicos, médico entre los pintores»... Lo he oído decir de un señor muy respetable y me ha parecido una frase malévola, pero acaso no.... acaso sea la verdad, la triste verdad. Sí, debe de serlo: cuanto más verdad me parece, más triste me parece también. Hay que elegir, pero antes de elegir hay que entender, hay que saber en qué consiste el parecido... No, no se trata de parecido. Lo que yo quiero saber es qué es lo que es lo mismo. ¡Ahí está!, qué es lo que es lo mismo... Yo sé que es lo mismo, pero no sé por qué... Me devano los sesos y no saco nada en limpio. Yo creo que el día que estuve más cerca de comprender algo fue el que me puse a pensar por qué me gusta más la escultura que la pintura. Acabé decidiendo que es porque en la pintura entran otras muchas cosas: así, como se dice, el cuerpo humano... No me interesan los trajes, los terciopelos... Bueno, es idiota decir que no me interesan: me interesa todo, me gusta todo todo lo que es para gustar, pero la otra cosa no es que me guste; es que es la cosa que me gusta, la cosa que quiero, la cosa que quiero para mí. Si uno se dedica a una cosa, ¿es que quiere la cosa para sí mismo o es que se quiere a sí mismo para la cosa? Quiere uno casarse con la cosa, zambullirse en la cosa.... Pero tampoco es esto exactamente por que no es quiera uno estar metido en ella, como si se tratara de pasarlo bien, no... Uno quiere hacer algo, algo así como poner lo que falta, lo que le falta a la cosa: eso es, hacer lo que hace falta... Si me empeño en esto ya sé adónde me inclino, pero no puedo conformarme, no puedo decidirme porque hay lo otro, lo que no necesita nada.... Eso soy yo quien lo necesita. Pero, ¡Señor!, ¿qué es lo que necesito, si a ello, a lo que miro hasta atolondrarme no se le puede añadir un grano de arena?... Esas formas, esos seres de mármol yo les hablo y me hablan... La Claudina cantaba una romanza preciosa, en francés mi madre decía que su francés era un horror, no recuerdo más que una frase que hablaba de un patio en el que los hombres de mármol la llamaban, de noche, tendiéndole los brazos... ¿No es estremecedora esa llamada?... ¡Y es tan verdadera!... A mí me llaman de día, ésa es la diferencia, porque de noche, en un gran patio, será maravilloso ese terror, no es como en el museo o en la escuela donde las cosas del oficio, el olor de la arcilla y el placer de meter las manos en ella y ver cómo salen de las manos las cosas hechas... Claro que el descontento de lo mal que uno lo hace... Pero aunque uno lo haga mal, no desiste porque cuando se piensa en ello, cuando se imagina lo que se puede llegar a hacer... No, yo no me hago ilusiones, pero no estoy dispuesta a prescindir, a dejar de responder a la llamada... ¿Que no estoy dispuesta? Que no puedo, sencillamente. No puedo dejar de responder a todo, a toda cosa en la que se pueda meter las manos. Y no es deseo de mangonear, no, es que esa emoción, ese arrebato que me produce la perfección la vista o la imaginada lo sufro por las cosas más increíbles.... ¡Por cosas tan diferentes! Y la emoción es la misma. De eso es de lo que estoy segura, ¡es la misma!... es como si eso, la perfección, pudiera, quisiera estar en todo, como si fuera la cúspide de todo... En la cúspide es donde ocurre la confusión, donde las cosas se confunden en la dicha de haber llegado. Lo difícil es saber lo que es la cúspide es lo que lucha por saber Elena, lo que es la cosa que puede seducir o subyugar a una mente, a un alma, es decir a una criatura en su integridad primera, cuando la cosa que subyuga se abre en toda su amplitud de irresistible libertad, como si fuese la única libertad posible, la única existente, ininteligible, pero afirmativa como un mandato, como una voz o llamada, como vocación. Entender el drama el hecho indubitable de la vocación es trance de pubertad porque el eros comienza con la vida, pero avanza calladamente, al mismo paso que ella hasta la estación, hasta la primavera genésica... El trance consiste en la decisión para el acto porque la imagen seductora está velada, no es como en el amor o amorío que una mirada inflama. Es, por el contrario, una mirada en la oscuridad de la propia conciencia, una mirada que busca en la sombra la forma de la voz. Porque la voz puede ser dúplice, puede llamar hacia lo no dudoso, hacia lo que salta a la vista, y la vista se deleita en ello, pero también puede llamar hacia una región tenebrosa, penosa, una región en la que no existe voluptuosidad, sino ansiedad. Ansiedad de lucha, deseo de vencer, de ser invencible en la custodia de aquello que está en la cumbre. Aquello que piensa Elena, vive, siente, jura Elena es lo mismo en el poderío de la belleza que en el clamor del dolor, en la piedad. Tal vez sea la piedad lo que es lo mismo, desde aquel tiempo en que la piedad se decantaba en formas, se perfilaba matemáticamente divinizando cuerpos, humanizando dioses. Formas excelsas que compensaban al hombre de ser mortal, que acabaron por traspasarle de angustia y de terror, de desconsuelo por ser mortal, que, al fin, sumiéndose en sí mismas, se invistieron de un silencio como una promesa o una esperanza. Y todo ello en su duplicidad engañosa, incitante y esquiva, ostentosa, esplendente y soterrada, callada, pudorosa, todo ello en la mente de Elena como una perplejidad, nada más que como una perplejidad. Pero en la nebulosa, en la maraña, en el zarzal de la perplejidad, la voz manda obrar.»

[Esta entrada ha sido redactada y destinada al proyecto de Adopta una autora]
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