10 nov. 2016

Diarios I

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Me siento a la mesa de nuestro comedor-salón, colacao en mano. Me he despertado relativamente pronto —11:30—, pero por alguna razón ahora el reloj marca las 13:00. Suspiro y me dedico a mirar los cereales flotando en la leche, ya blandos y entumecidos. Los sigo mirando un buen rato, no me gusta morder ese cuerpo blando, ya empapado del líquido, qué asco. Sin embargo, levanto la cuchara y para dentro. «Venga, va, que tienes muchas cosas que hacer». Tengo mil pestañas abiertas en el ordenador, varios documentos, los auriculares puestos —ya es una costumbre—.  A veces escribo mensajes en el móvil, pero últimamente todo el mundo parece cansado, dejado, perezoso. Y me sobreviene a mí ese hastío que nos va matando ya a primeras horas de la mañana. La palpitación de que hoy será un día como el de ayer, sin variar en la textura del paso del tiempo, como un líquido espeso que se acumula en el cuello de la botella sin terminar de caer del todo. La mesa tiembla, mis brazos tiemblan sobre la mesa, el ordenador tiembla, y los dedos pulsan frenéticos la superficie del teclado. Escribir es lo único que me queda. Quizás, leer. Pero vivir como para dentro, y contar la experiencia hacia afuera. Esa es mi rutina. Ese es mi modo de vida. Sospecho que tiene límite, que me va a (terminar de) matar llegado el momento, pero es el único modo que me funciona. La única manera de encontrar algo por lo que seguir alimentándome de belleza. Porque la búsqueda de la belleza, exprimir hasta el último grano de luz, ese ha sido el centro de mi voluntad y mis fuerzas estos dos últimos años. Bellezas que se me agotan, que se me escapan, que nunca han sido mías.

Me pierdo entre tanta distracción, hasta encontrarme en este documento en blanco, escribiendo esto como si no pudiera hacer otra cosa. Al otro lado, en la otra ventana del ordenador, me espera un trabajo grupal para la universidad, con fecha de entrega: hoy. Lo he hojeado mil veces, sé qué hay que hacer, pero pospongo hacerlo un poco más. Y escribo esto. Y me maravillo pensando que podría escribir un apasionado trabajo sobre algo que no he leído, que no me apasiona. Podría hacerlo, casi puedo notar las palabras ya brotando. Se me da bien esto de mentir, de pretender. Escribo y leo, escucho y parloteo como si cada encuentro fuera una celebración de la vida, del mundo, de nosotros. Pero me acabo quedando sola, con la última palabra, como si tuviera razón y yo fuera el orden y no pudiera perturbárseme. Me enfado, y el enfado dura poco, pero la intención sigue ahí.

Has cambiado, ahora estás como vivísima. He cambiado, no estoy más viva, pero sí encuentro la muerte y el tiempo presionándome para vivir. Porque vivo una vida maravillosa, y a veces pienso que en cualquier momento, sin que me dé cuenta, se acabará y no volveré a vivir estos años de locura y rendición y de pura vida y bendita belleza. No sé qué digo la mitad del tiempo, y la otra mitad no digo nada. Hace nada he leído El amante de Marguerite Duras, sabiendo que me iba a gustar —como todos los libros que compro; tengo un don—, y me ha gustado. Me ha gustado muchísimo. He avasallado a las personas de mi vida con sus palabras y sus escenas y su intensidad. He intentado sacudirles, agitarles hasta el extremo de la ternura y la excitación. Hasta que la fuente se ha agotado, y ese ir y venir de fragmentos de cotidianidad se ha vuelto invasión. Se han desolado las ganas, se han marchitado las fuerzas. Y yo he escrito cosas que encuentro brillantes en mi pequeña libreta azul: desencanto es muerte. La muerte es el desencanto. No hay mejor representación ni metáfora que la que sale de mi mente y sus cavilaciones.

He ganado un libro de Bohumil Hrabal esta mañana. Anoche hablamos de un tal Samir que en realidad no se llama Samir, descubrimos que nosotras éramos las otras, las no importantes, y nos reímos. Fue una risa falsa y triste, pero una risa de alivio, de resignación, de ahora somos un poco más libres. Hablamos de nuestras fantasías, del sexo, de lo perverso, de ser niñas y ser vírgenes cuando el dolor harto conocido se presenta siempre como la primera vez. Renuncié a aquel loco de Samir, lo decidí. En realidad el ensueño simplemente acabó por desvanecerse; al contárselo a ella el desencanto se hizo real, y no pude detener la muerte de aquella parte de mi vida, y casi de mi cuerpo. Ahora me supongo de luto, de celebración. Debes encontrar a alguien a quien le importe, a quien le importes. Aún me quedo consternada y pensativa ante ese consejo: pero qué. No. Debería escucharle. Sí. Tiene razón. Debería encontrar a alguien a quien le importe después del daño. Debo esperar. Debo estar atenta. Debo salir y encontrar algo que no estoy buscando para dejar de buscarme a mí misma. Me siento triste y sin fuerzas.


Ha pasado toda una vida desde comienzos de Octubre. He vivido encantos y desencantos. Me he dejado el aliento y el corazón en las manos de otras personas y en el fondo de otros pozos. No me arrepiento de desgarrarme de esta manera. He encontrado otra palabra favorita: germen. He descubierto otro libro favorito: El amante. Otra película maravillosa: El amante (1992). Un nuevo poeta: Hölderlin. Una nueva expresión en alemán: knuddeln mich. Una nueva canción favorita: Hope you die (Molly Nilsson). Ahora nos decimos: rusita tú, rusita yo. Porque somos un poco pálidas, un poco bellas, un poco locas y un poco frías. Le echaré de menos porque a veces me hacía sentir bien. Adiós, Samir, adiós. Y vuelvo a ser mía, y de ella, y de nosotros. Ellos me han perdonado, ahora me toca a mí perdonarme y  perdonar al mundo, aunque el mundo para mí siempre esté absuelto. Ya son las 14:04, el tazón de colacao sigue sobre la mesa, ya vacío. La mesa sigue temblando. Las tareas siguen esperándome. Yo sigo escribiendo. Vosotros volveréis a escucharme... ¿verdad?

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