14 jul. 2016

La magia del Slow Blogging

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Sabéis perfectamente que no soy muy constante en cuanto a actualizaciones en el blog; sin embargo, nunca me he sentido muy culpable por ello. Y es que soy de esas personas que creen que mejor poco y bien, que mucho y mal. Con esto no quiero decir que los que actualizan a menudo tengan contenidos de mala calidad, ni que los que actualizamos una vez cada tres mil años tengamos buen contenido; a lo que me refiero es a que, siendo bastante la gente que pone la constancia por las nubes - yo, alguna vez -, la frecuencia de nuestra actividad blogueril no es necesariamente proporcional a la calidad de la misma.

Actualmente encontramos muchos espacios virtuales dedicados exclusivamente a esto del blogging, y en la mayoría (por no decir en todos) se dice que la regularidad de nuestras entradas afecta directamente al éxito de las mismas, incrementándose cuan más en serio nos la tomamos. Yo no sugiero lo contrario, pero tampoco se libra de mi escepticismo. En la ya demasiado mencionada encuesta, pregunté qué era aquello que os gustaría ver en un futuro y qué es aquello que cambiaríais en el blog; bastantes personas hablaron de más entradas, más a menudo, otra persona mencionó que en mi caso, la balanza se inclinaba hacia el lado bueno, y que la espera merecía la pena (gracias, pajarito). Hasta ese momento no me había parado a pensar demasiado en la regularidad de mis entradas ni en cómo esto afectaba a los lectores; pero lo cierto es que este fenómeno sí que afecta, y mucho, a nuestro público, y repercute en nuestro éxito.

Más allá de la calidad de la que os quería hablar, actualizar nuestro blog con regularidad supone una mayor presencia en redes y en el ojo del huracán, estar cien por cien activo en el mundillo nos reportará, seguramente, más público, más visitas, y nos hará crecer. Eso está claro. Pero, ¿por qué no soy de las que sigue esa política? Quizás porque mis prioridades son otras, que pueden parecer menos ambiciosas, pero de las que mucha más gente debería saber: hacer las cosas bien. Sí, hacer las cosas bien lleva tiempo y esfuerzo, también una pizquita de inspiración y otro tanto de paciencia, y eso, amigos míos, no es precisamente frecuente.

Para mí, absolutamente cada post es especial. Necesita su procedimiento: idea, meditación, apuntes, enfoque, redacción, periodo de incubación y corrección (si no hay que volver a escribirlo); es verdad que alguna vez me he saltado el esquema para practicar la escritura automática, pero por lo general las entradas que suelo publicar se guían por esos pasos. Pueden llevarme un día mínimo, y varias semanas o meses máximo. Ciertamente, no hay nada estipulado sobre lo que puedo llegar a tardar, pero por lo general lo pienso todo demasiado. No obstante, si no lo hiciera, no podría seguir estando satisfecha por completo con cada una de mis actualizaciones.

La calidad de mis entradas, mayormente de reflexión, no la puedo garantizar sino mediante un previo y profundo análisis de la cuestión a tratar. Mientras que por el contrario, quizá una reseña o una recomendación no suelen llevar más de un día, pues tratan de plasmar sentimientos del momento presente. Por eso me repatea mucho que siempre que lea algo sobre blogging acaben metiéndome con calzador el principio de la frecuencia de los posts, cuando eso en mi caso no vale, y no creo que por no publicar a menudo en el blog deba ser éste menos atractivo.

De cualquier manera, la filosofía del slow blogging es la que voy a adoptar a la hora de tener que definir la dinámica del blog. Próximamente, si os gusta esta entrada, puedo seguir hablando de este movimiento y mientras, explicándoos todo esto, me gustaría saber vuestra más sincera opinión al respecto.

¿Creéis que la frecuencia de entradas en un blog determina su calidad y su éxito (ojo, que no es lo mismo) por igual? ¿Creéis que desmerece alguna de ellas? ¿Qué pensáis de este blog en ese aspecto? ¡Contadme! 

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