3 mar. 2016

La forja del fracasado


ÉSTA ES UNA IMPRESIÓN PERSONAL, BASADA EN EXPERIENCIAS ACADÉMICAS CONCRETAS.

No sé vosotros, pero yo estoy un poco enfadada, y bastante decepcionada, y triste, muy triste. Últimamente son sentimientos compartidos por todos nosotros, víctimas de políticas muchas veces absurdas, injustas e ineficaces. Y sobre todo, desde donde a mí me toca, en el ámbito educativo. No es un secreto. Están anulando a las personas, al capital humano del país. Están deshaciéndose del potencial que podría convertir el sistema en el que vivimos en uno eficiente, mínimamente equilibrado y competitivo. Uno en el que se pudiera vivir, trabajar y rendir, tanto profesional como personalmente, de forma honesta y comprometida.

No sé vosotros, pero que una asignatura relativa a la historiografía, la filosofía o la asimilación de un tema tan amplio como el Derecho –nuestro, extranjero y de otro tiempo-, por ejemplo, esté limitada, comprimida en un periodo de tiempo de tres meses escasos, y cuya evaluación se vea reducida a dos o tres preguntas aleatorias en un examen oral y único, me parece qué menos que toda una gran pérdida de tiempo, de recursos y de ese potencial que lucha por crecer, definirse y surgir en la sociedad como un motor del progreso y estabilidad.

No sé vosotros, pero yo no creo en este método. Me considero una persona inteligente, con recursos y capacidad de aprendizaje, de aplicación de mis conocimientos y de hacerme responsable de las ejecuciones de los mismos. Nunca he considerado mis notas las más brillantes y, sin embargo, nadie me ha puesto nunca por debajo del intelecto más evidente de la clase. 

Me gusta pensar y aprender, y tomar decisiones y asumir responsabilidades que creo posible encomendarme. No lo sé todo; pero, lejos de ser un obstáculo, lo considero una motivación, un incentivo. Tengo buena memoria, selectiva y pragmática, pero algún que otro problema en cuanto a la atención, de por sí caprichosa. Y siempre he estado orgullosa de cómo funciono, me ha permitido hablar, expresarme y escuchar como lo hago, que creo que no está nada mal. He aprendido leyendo, debatiendo e interactuando con el conocimiento. He aprendido atreviéndome y equivocándome. Y ahora estoy más segura de aquello en lo que erré alguna vez, que de lo que nunca ha sido verdaderamente juzgado. Nunca me ha cundido la memorización, y lo único que me ha dado es dolor de cabeza e inseguridad. Mi auto exigencia se ha visto agravada por mis problemas de aburrimiento en el proceso de memorización. Y me ha convertido en una persona con tendencia a la ansiedad y con un notable sentido del ridículo, agravando mi ya de por sí natural miedo al fracaso. Las técnicas de estudio que complementan a los métodos de evaluación que predominan en este país me han hecho sentir, en muchas ocasiones, un fraude, una inútil, una mentira. Me han castigado por no entender, por no absorber información como un ordenador. Me han castigado y humillado por fracasar.

No sé vosotros, pero yo veo un problema. Y no creo que sea nuestro, aunque eso sea lo que nos hagan ver. No confiaré en un profesional cuya prioridad en el transcurso de su formación básica haya sido aprobar o conseguir cierta nota. No confiaré en un profesional que no entienda de lo que habla. No reconoceré a un buen estudiante por sus matrículas de honor, sus excelentes o sus diplomas, sino por su conocimiento profundo, consciente y responsable, y su forma de transmitirlo y aplicarlo. No quiero limitar la comprensión y asimilación de una materia tan importante como la historiografía jurídica o la jurisprudencia romana a tres meses, ni demostrar todo lo que sé y he aprendido en dos preguntas aleatorias. Yo no confiaría en el más condecorado de los estudiantes. No confiaría en mí, sabiendo todo lo que hay detrás. Y si no confío en mí tras la experiencia, si no podemos confiar en el método, ¿cómo confiar en el resultado?

“The most common way people give up their power is by thinking they don't have any.”— Alice Walker

4 comentarios :

  1. Como parece que hoy me has leído la mente o yo te la he leído a ti, responderé a tu entrada con una mía (en cuanto pueda me pongo con ello), porque mis compañeros y yo estamos viviendo una gran injusticia provocada por el sistema educativo que no cree ni quiere creer en los entes que le dan vida, los alumnos.

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    1. La estaré esperando, pues ^^
      Espero que vuestra situación al menos mejore pronto.

      ¡Besitos!

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  2. La "motivación", esa palabra que pasa tan desapercibida a veces, es una de las muchas cosas que no se tiene en cuenta en el sistema educativo de este país; tampoco las diferencias lógicas entre alumnos y las distintas sensibilidades y formas de aprender, porque cada cerebro es distinto y no nos hace menos capaces o "normales", nos hace humanos.

    A mi modo de ver, hay muchas cosas que deberían cambiar, y no digo que sea fácil, pero no es tolerable que tantos alumnos se sientan discriminados por un sistema hermético que aplaca esa motivación de la que hablo al principio, algo tan crucial.

    Una se hace mayor y se espabila, después, cuando has pasado por esos momentos de frustración que han impedido que disfrutaras del aprendizaje, que es tan importante.

    Soy autodidacta desde que tengo uso de razón, siempre me ha gustado mucho ir "a la mía" en ese sentido, no he necesitado sobremanera que alguien me guiara, mi curiosidad ha sido la mejor maestra que he podido tener (también los errores cometidos, no hay que olvidarse de ellos); mi forma de afrontar esa frustración ha hecho que me sintiera identificada con algunas de tus palabras, me tocan la fibra porque sé lo que es sentirse a la deriva y tener que coger el timón sola, acompañada de mis ganas de aprender como fuera, no deja de ser una sed que todavía no he saciado (y creo que nunca saciaré).

    Un besazo.

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    1. Totalmente de acuerdo en cuanto a la importancia de la motivación. Creo que es algo que se pasa por alto, que se infravalora hasta el punto de no contar con ella para algo tan importante como la educación y el aprendizaje.

      El sistema educativo tiene una gran responsabilidad (la mayor, diría yo), y es por eso que tiene que ser consecuente y consciente de ese "poder". Todo en lo que nos convertimos viene de nuestros valores, de nuestros principios, de nuestra educación. Es ahí donde empieza todo y donde se determina el camino. No digo que deberíamos encauzarnos en un solo sentido, sino todo lo contrario: ampliar la libertad de expresión en cualquier aspecto.

      Los niños odian la escuela, y por ello creen odiar aprender; no les interesa el conocimiento porque nos han metido en la cabeza (nunca mejor dicho) que es algo pesado, tedioso, de obligación. Y eso es muy triste, y muy destructivo tanto para el propio estudiante/individuo como para la propia sociedad.

      Me da en la nariz que es hora de intentar cambiar de perspectiva en un tema tan importante y tan infravalorado como éste.

      Un besazo para ti también :)

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