26 jun. 2014

Debilidad

Sólo fue un segundo, un instante. Un pestañeo que duró demasiado. Un leve desvanecimiento mientras yo apoyaba las manos en el mueble de caoba. Un sólo suspiro valió para darle fuerzas. Se acercó a mí por la espalda y me agarró por las muñecas, sentí su respiración cálida en mi nuca y me estremecí, pero no de excitación, sino de angustia. Me iba a desmoronar de un momento a otro.

—Vamos, suéltalo.

Intenté recomponer la compostura, serenarme como siempre lo había hecho. Me incorporé. Él seguía allí, delante de mí, agarrándome, cuando me di la vuelta.

—Tienes que sacarlo —insistió; si lo suplicó, ignoré el matiz. 

Lo miré con firmeza y respeto, pues era lo único que pretendía ofrecerle, y apreté los labios.


—No sé lo que pretende, señor. —Miré mis muñecas con contrariedad, y él las soltó rápidamente—. Pero sea lo que sea, deje de intentarlo. Es en vano. 

Me aparté de él. Le serví el té con el mayor pulso que pude, y tras una leve reverencia salí de la habitación mientras él volvía a sentarse en el sillón, inescrutable. Caminé lo más rápido que pude por el pasillo, subí las escaleras a saltitos y recorrí todo el ala oeste hasta llegar a la planta más alta. Entré en mi habitación y cerré la puerta. Estaba oscuro y yo, segura. Luego, simplemente, me derrumbé en silencio. 
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